martes, 22 de diciembre de 2015

Revista de Arquitectura SCA, n° 256





A PROPÓSITO DEL MONUMENTO A COLÓN: IDEOLOGÍA, SOFISMAS, RESTAURACIÓN Y POLÍTICAS DE PATRIMONIO
Arq. Luis Cercós, restaurador de arquitectura, SCA
¡Patrimonio!, patrimonio cultural, restauración de patrimonio, ¡defendamos el patrimonio!, intolerable agresión al patrimonio. La palabra “patrimonio”, su puesta en valor y otros muchos debates alrededor de estos conceptos, aparecen con gran frecuencia en diarios, revistas, noticiarios, mesas de debate y foros de opinión. El patrimonio se ha tornado casi una religión de tintes fundamentalistas, llena a veces de tópicos maniqueos. La realidad es que hoy en día el patrimonio se defiende solo, aunque los ciudadanos tengan a veces otra percepción. Los bienes culturales y las obras de arte nunca, en ningún otro periodo de la historia, han estado objetivamente tan protegidos como ahora. El necesario debate no siempre es objetivo, inocente o bienintencionado. Gran parte del patrimonio mundial ha sido muchas veces definido a  través de mensajes y programas enunciados de antemano con clara intención política. Todos los implicados quieren mantener sus cuotas de influencia. Supongo que son las reglas del juego, pues la política -una rama de la moral, por cierto- forma parte de la vida en sociedad y nos sirve para definir las reglas del juego.
La Historia es interpretación desde el tiempo presente, de lo ocurrido en tiempos pasados. La restauración de arquitectura pudiera definirse de forma muy similar: una reinterpretación desde el presente, de edificios que han llegado hasta nosotros aunque construidos en el pasado. En contra de la opinión general, ni son ni pueden ser considerados objetos del pasado. A efectos arquitectónicos siguen siendo contemporáneos de nosotros al no haber desaparecido todavía –algo obvio que pasa muchas veces inadvertido, incluso entre profesionales de la disciplina-. Si solo fueran edificios que existieron (arquitectura pérdida), no hablaríamos de restauración sino de reconstrucción o de réplica. Por tanto, solo se pueden restaurar piezas arquitectónicas aún presentes y desde la realidad actual. Actualidad y formas de pensar que implican visiones de Estado, del Estado o desde el Estado que evolucionan, a veces muy sutilmente, a veces de forma más grotesca. El problema surge cuando la gran carga de subjetividad invariablemente unida a todo proyecto de arquitectura se enfrenta a argumentos falsos que se nos presentan con apariencia de verdad irrefutable (sofismas).
La restauración de arquitectura exige decisiones de diseño contemporáneo –lo contrario es falsificación-. También la adaptación del edificio histórico a una moderna funcionalidad –lo contrario es taxidermia, momificación, embalsamamiento-. Todo ello dentro de unos límites estrictos internacionalmente aceptados: diferencia entre lo nuevo y lo viejo, puesta en valor de lo que se mantiene en pie, potenciación del carácter único e histórico de cada objeto arquitectónico. En la mayoría de las ocasiones, estos compromisos iniciales resultan de dificilísima aplicación práctica pues el carácter simbólico de muchos edificios del pasado –o de sus símbolos tangibles o intangibles- introduce múltiples variables en el apasionante ejercicio intelectual que supone su restauración.
Tuve conciencia clara de esto, por primera vez, durante mi participación en las obras de restauración del monasterio de San Jerónimo de Yuste (Cuacos de Yuste, Extremadura, España), consecuencia directa de las múltiples y didácticas charlas que durante aquellos años (1999-2002) mantuve con el historiador contratado para realizar la investigación histórica previa y el apoyo a la interpretación histórica de los hallazgos arqueológicos surgidos durante el proceso constructivo.
Un hecho histórico acontecido en aquel lugar durante apenas 2 años del siglo XVI es muy conocido en España: en el conjunto monumental de Yuste vivió y murió el emperador Carlos V, nieto de los Reyes Católicos, padre de Felipe II. En su calidad de testigo y símbolo de la época dorada del imperio español, el monasterio se convirtió en referencia y metáfora (esplendor, ruina, reconstrucción) del devenir histórico de España. Una historia apoyada en una reconstrucción del monasterio realizada bajo mandato directo de Francisco Franco (1892-1975), dictador de España entre 1939 y 1975.
No son los tiempos los que cambian, sino los hombres los que cambian los tiempos.[1]
Al año de ganar la guerra civil, el general Franco ya quiso iniciar la reconstrucción del monasterio con miras a la celebración del IV centenario del fallecimiento de Carlos de Habsburgo (Gante, 1500-Cuacos de Yuste, 1558). La escenografía que la dictadura introdujo en los aposentos del emperador todavía era explicada por los guías del museo en los años previos al 2000 y nos remitía, entre otras verdades interesadamente parciales, a un rey que hablaba español.
La lucha por imponer el idioma español como única lengua oficial de la España franquista afectó a la identidad de gallegos, catalanes, valencianos, mallorquines, asturianos y vascos. Al no sentirse comprendidos, el asunto traería después, con mayor o menor intensidad, conflictos nacionalistas pendientes aún de resolver.  La biografía de Carlos V escrita por Manuel Fernández Álvarez[2], dice al respecto que aunque el emperador hablaba español y francés, en realidad nunca abandonó la lengua de su Gante natal –el neerlandés, un dialecto del holandés- y siempre mantuvo un círculo de fieles colaboradores flamencos.
En el programa museográfico de Franco, Carlos V se mostraba fervientemente católico, ya que entre 1939 y 1975 España no tenía la constitución aconfesional de hoy, declarándose oficialmente “católica, apostólica y romana[3]. Se hacía énfasis en un hombre retirado a un convento de clausura, que vivía entre telas negras que cubrían todas las paredes de sus aposentos para mantener el duelo por su esposa fallecida, Isabel de Portugal, coherente con el modelo de familia de un régimen en el que no existía divorcio, las mujeres solteras dependían del padre y las casadas no solo no podían disponer de sus propios bienes sino tampoco de sí mismas, pues cualquier cosa que quisieran hacer –entre ellas trabajar- debía contar con la autorización escrita del marido.
La visita al monasterio enfatizaba el retiro espiritual, la vida monástica y la misa y comunión diarias, renunciado el poderosísimo monarca a todos los placeres de la Corte, viviendo en una austeridad equivalente a la sufrida por los propios españoles durante los primeros años del régimen. Por aquellos años la posguerra fue durísima. A las seis semanas de finalizar la Guerra Civil una orden Ministerial de 14 de mayo de 1939 establecía ya el régimen de racionamiento en España para los productos básicos alimenticios y de primera necesidad. El racionamiento no alcanzaba a cubrir las necesidades alimenticias básicas de la población, por lo que se vivieron años de hambre y miseria. En mayo de 1943 al mes de sustitución de la cartilla familiar por una nueva cartilla individual, el número de racionados en España superaba los 27 millones de personas[4], prácticamente toda la población. El racionamiento perduró oficialmente hasta mayo de 1952, fecha en que desapareció para los productos alimenticios.
En resumen, el monasterio de Yuste fue transformado así en un objeto de propaganda franquista transformado en prueba irrefutable de la historia oficial que se nos contaba. A los efectos que nos ocupan es relevante contar que el conjunto monumental del Monasterio de Yuste fue arrasado por las tropas francesas durante la denominada guerra de la Independencia Española, 1808-1814, punto de inflexión en las Guerras Napoleónicas.  Casi todo lo que puede aún puede visitarse hoy, es fruto de una discutible reconstrucción:
A partir de la década de 1940, nada más terminar la Guerra Civil, y bajo unos claros deseos de manipulación y apropiación de la historia imperial, se comenzó la difícil reconstrucción del monasterio, llevada a cabo por el arquitecto José María González-Valcárcel, que habría de durar algo más de tres décadas. El edificio se encontraba entonces en un avanzado grado de abandono y deterioro, lo que, unido a la falta de una investigación histórica y rigurosa y a un tipo de intervención marcada por planteamientos (políticos y propagandísticos) predeterminados, ajenos en muchos casos al propio monumento, forzó la lectura del mismo desde ángulos en ocasiones considerablemente alejados de su acontecer histórico y artístico.[5]
En 1998, cuando la Fundación Hispania Nostra, en sintonía con la Asociación Europa Nostra, asumió el reto de renovar el Monasterio con fondos europeos para conmemorar el V centenario del nacimiento del César Carlos, España ya no era una nación aislada sino integrada de pleno derecho en la Unión Europea (lo consiguió el 1 de enero de 1986, once años después de la muerte del dictador) y la imagen que ahora interesaba transmitir, no era la de un personaje histórico ferviente defensor de la Iglesia Romana que luchó por impedir el asentamiento de la doctrina luterana, sino el visionario de una Europa que pretendió unificarla bajo su dinastía, los Habsburgo. Carlos V era ahora referente antecesor de la idea de una comunidad política de derecho que integra y gobierna en común todos los territorios y pueblos de la “nueva” Europa y en la que caben idiosincrasias, idiomas y diferencias:
Las falsas ideas del retiro ascético del emperador y las historias que han querido mostrarlo como un hombre corriente alejado de los asuntos de la vida en general y la política en concreto han alimentado la sensación de apartamiento y de lugar recóndito. Pero, cuando Carlos V se estableció en Yuste, el flujo de correos, mensajeros y personajes que lo visitaron fue sumamente elevado y continuado durante los apenas dos años que duró su estancia, manteniendo especial correspondencia con la que entonces era capital de la Corona, Valladolid, pues Carlos V siguió desde su palacio de Yuste manejando los hijos de la política imperial. No poco ha tenido que ver en ese deseo histórico de convertirlo casi en un monje que nunca fue, la invención de la fábula que ha llevado durante siglos a creer que el palacio del emperador se reducía a lo que en realidad únicamente fueron sus habitaciones privadas.[6] 
En conclusión, las obras conmemorativas del IV centenario del fallecimiento financiadas por el régimen de Franco, contaban a los niños que visitaban el monasterio una historia; y las del V centenario de su nacimiento, financiadas por la Unión Europea, explicaban a los hijos y nietos de aquellos, otra muy distinta. El nuevo proyecto, por otra parte, partía de un antecedente francés apenas conocido hasta esa fecha:
“Por suerte, un arquitecto francés llamado André Conte –…- recibió una beca del gobierno francés para realizar un proyecto de estudio en España y que consistió en el levantamiento riguroso y exacto de las ruinas del monasterio de Yuste, así como una seria propuesta para su reconstrucción, un trabajo que desarrolló entre los años 1934 y 1935 y al que hemos tenido acceso gracias a la gran generosidad de su viuda e hijos. La exactitud a la hora de señalar todos y cada uno de los vestigios y ruinas existentes los convierte en base fidedigna …”[7]
El plano y los documentos redactados por Conte fueron vitales para el planteamiento ideológico y el programa funcional de las obras realizadas durante el periodo 1999-2002. [8]
Hablemos ahora del monumento a Colón, conjunto escultórico que permaneció durante más de 90 años junto a la Casa Rosada. Obra del florentino Arnaldo Zocchi (1862-1940), el monumento fue construido inicial e íntegramente en Italia, luego desarmado y todas sus partes, convenientemente numeradas, se transportaron hasta Buenos Aires donde el escultor se encargó de dirigir posteriormente su montaje. La primera piedra se colocó el 24 de mayo de 1910 pero la obra no fue inaugurada hasta 1921. Un monumento que fue viajero desde su inicio, como tantos emigrantes europeos que vinieron a este país.
Después de un largo y polémico proceso el monumento a Colón fue retirado en junio de 2013 aunque todavía no se ha instalado en la que será muy probablemente su futura ubicación[9]. El traslado a la plaza de Colón de la ciudad de Mar del Plata está desestimado en estos momentos y la obra permanecerá en Buenos Aires. Desmontado y esperando su montaje, el monumento está hoy literalmente en el limbo, esperando su destino.  
Unos y otros, a favor y en contra del desmontaje y del traslado, intercambiaron durante algo más de dos años vehementes opiniones sobre nepotismo, patrimonio, jurisprudencia e incumplimiento de convenios y de leyes. Curiosamente, el fondo de la cuestión no es patrimonial, pues el valor artístico del monumento y su protección legal no está, ni ha estado, suficientemente fundamentado.
En efecto, el monumento a Colón nunca tuvo la protección jurídica mínima necesaria que lo habría incluido en una lista de bienes a proteger del patrimonio cultural argentino. En cuyo caso habría sido inviable jurídicamente la operación. Por poner un ejemplo extremo, a ningún gobierno se le ocurriría nunca desmontar la Fontana de Trevi (Roma). El obelisco, por seguir con ejemplos que faciliten la comprensión del asunto, ícono de Buenos Aires, es Monumento Histórico Nacional a pesar de haber sido erigido hace relativamente poco tiempo (año 1936, es “una generación más joven” que el monumento a Colón) lo que también sirve para eludir la argumentación referente al paso del tiempo a favor o en contra del valor patrimonial. La antigüedad está vinculada al patrimonio, pero no todo lo antiguo es patrimonio. De la misma forma, algunas piezas que tienen menos de 100 años –fecha considerada “barrera”- sí que lo son. El “monumento a Colón” no goza de la protección del Obelisco. Jugando con las palabras podríamos decir que “el monumento a Colón no es Monumento”.
A favor de los que apoyaron el desmontaje de Colón, sería aplicable la doctrina Brandi[10]: una obra de arte lo es únicamente si la sociedad la considera como tal. Eché en falta ese argumento en los artículos publicados al respecto. Cualquier intervención sobre la obra –en parámetros estrictamente patrimoniales- depende en primer lugar de ese reconocimiento. Es la obra de arte la que condiciona la intervención (el desmontaje y traslado, en este caso) y no al revés. En el asunto que nos ocupa, la polémica siempre ha estado centrada en la manipulación del conjunto escultórico, no en el hecho en sí de modificarlo. Un traslado es una modificación, pues los bienes muebles están arraigados a un lugar determinado. Si el monumento no es obra de arte, el debate es de inicio irrelevante en términos estrictamente patrimoniales, pero de enorme repercusión política. Sobre todo si la sustitución atañe a personajes antagónicos. El binomio Colón-Azurduy casi obliga a alistarse en una causa o la otra. A favor o en contra de la decisión de la presidenta. A favor o en contra de la posición elegida por el Gobierno de la Ciudad. Un ejemplo más del dualismo vinculado al carácter argentino. En símil futbolístico, ser de River o ser de Boca.
Siguiendo con Brandi, aunque la obra de arte tenga una "utilidad" (como objeto de culto, conmemorativo, de liturgia, o cualquier otro), no queda definido su valor solo por ella (como ocurriría con otros productos de creación humana) sino que se debe tener en cuenta su consistencia física y su doble polaridad estética e histórica. Por un lado, la calidad irrebatible como objeto artístico y por otro, el momento histórico en que fue realizada. Es decir, un tiempo y lugar concretos que garantizaría a la obra de arte su continuidad en un tiempo y lugar determinados.
Matices que no son, en estricto sentido, aplicables al monumento a Colón. No es reconocido como obra de arte ni por el Estado, ni por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, ni por el subconsciente colectivo, ni siquiera por el previo y necesario dictamen de expertos de reconocido prestigio. El monumento a Colón no fue investido de una figura jurídica que lo protegiese a efectos estrictamente patrimoniales. Las leyes que han argumentado quienes estaban en contra del traslado, aludían a cuestiones de propiedad alegando básicamente que el Gobierno de la Nación no tenía competencia sobre un objeto propiedad de la ciudad de Buenos Aires. El patrimonio es de todos, los objetos no. El debate sobre la propiedad también es irrelevante a efectos de patrimonio.
Por último, el sofisma que se esconde tras una manipulación lingüística, pues la palabra “monumento” no define exclusivamente a un bien cultural y tiene varias acepciones. Cuando decimos “monumento a Colón”, estamos aludiendo correctamente a su carácter como “obra pública y patente, como una estatua, una inscripción o un sepulcro, puesta en memoria de una acción heroica u otra cosa singular”, indiferentemente de que la palabra “monumento” pueda ser también una “construcción que posee valor artístico, arqueológico o histórico”. De nuevo, interesadamente, este concepto lingüístico ha enturbiado el asunto, confundiéndolo. Son las cosas del español, entendido como idioma. Ocurre lo mismo con cientos de palabras. “Lengua” por ejemplo es “el órgano  muscular situado en la cavidad de la boca de los vertebrados y que sirve para gustación”, pero también un “sistema de comunicación verbal y casi siempre escrito, propio de una comunidad humana”. Una cosa es la lengua seca de una madre con sed y otra muy distinta nuestra “lengua materna”.
Sí, el “monumento a Colón” es monumento (digamos con minúscula, para entendernos) en la medida en que representa a alguien muerto y lo conmemora; pero no es Monumento (con mayúscula) a efectos del cumplimiento de las normas municipales, regionales, nacionales o internacionales de protección del patrimonio que pudieran serle de aplicación. Para decirlo de una forma sencilla: las estatuas pueden ser obras de arte, pero la mayoría de ellas no lo son.
Baste como prueba de nuestra argumentación las palabras dichas por Diego Santilli, ministro de Ambiente y Espacio Público del gobierno de la ciudad de Buenos Aires:
"Si el gobierno nacional quiere trasladar el monumento dentro del espacio de la plaza que lleva su nombre, puede hacerlo sin inconvenientes, porque la Nación tiene a su cargo el cuidado de la misma. Pero si su intención es sacarlo de allí y trasladarlo a otro espacio público, entonces va a necesitar una ley de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires"
En aquel momento, marzo de 2013, el gobierno de la ciudad no cuestionaba el daño que el montaje y desmontaje pudiera ocasionar al monumento. Este asunto es vital cuando manipulamos una obra de arte. Una prueba más de que el debate de fondo nunca fue “patrimonial”. Al gobierno de la ciudad no le parecía relevante la manipulación del objeto, sino la distancia a la que sería montado: dentro de la reja, nada que decir; fuera de ella, por pocos metros que sea, sí. Recordemos nuevamente la génesis misma de la escultura, pensada para ser montada y desmontada desde su propia concepción. Y hablo aquí de escultura usando la acepción “obra ejecutada por un escultor” y no la otra “obra de arte escultórica”. Matices, nuevamente.
Varias asociaciones han exigido que se mantuviese en su ubicación nacional alegando defensa del patrimonio, circunstancias arquitectónicas, cuestiones urbanísticas y/o el derecho al mantenimiento de las circunstancias que hicieron posible su inicial implantación. En este caso el obsequio a la ciudad por parte de la colectividad italiana en la conmemoración del primer Centenario de la Revolución de Mayo. Sin embargo, todas las partes suelen eludir un punto que yo considero vital en este debate: Cristóbal Colón no es hoy el mismo personaje indiscutible que hace 100 años. Se donó para celebrar el primer centenario, pero no hace mucho que hemos celebrado el bicentenario de nuestro país. Los fastos del centenario, fueron muy diferentes a los del bicentenario, valga la redundancia. Hablar de este asunto nos obliga por tanto también a hacerlo sobre la propia figura del navegante. Lo que para unos fue una hazaña indiscutible es para otros el inicio de la desaparición de la mayor parte de los pueblos originarios, un genocidio. Lo que antes se celebraba, hoy se discute. Y en la discusión afloran también militancias ideológicas, posicionamientos políticos, visiones diferentes de América Latina y del mundo.  
Cristóbal Colón murió cuando Carlos de Harbsburgo tenía 6 años. Son personajes contemporáneos. El viaje del navegante genovés tuvo como consecuencia la anexión a la corona de España de los territorios de ultramar descubiertos durante el siglo XVI.  Dos siglos más tarde, entre 1740 y 1790, el Imperio Español aún ocupaba 19’5 millones de kilómetros cuadrados, el 13% de la superficie terrestre.  Y aunque la figura Colón no es tan polémica como la de Hernán Cortés o Francisco Pizarro, muchos lo consideran el inicio de todo lo que vendría después. Un mismo hecho histórico, diferentes interpretaciones. Personajes que antes fueron venerados, hoy se estudian con distancia y escepticismo. Las nuevas corrientes historiográficas sobre el presidente Julio Argentino Roca (1843-1914) sirven también para ilustrar lo que quiero decir.    
El desmontaje del monumento a Colón tiene un equipo de curadoría dirigido por el arquitecto y escultor Omar Stela. Su pensamiento es radical, pero explica perfectamente su visión del traslado:
“Un monumento es un exvoto, una ofrenda. En el caso de Colón, es una ofrenda que no es ingenua: como la Torre de los Ingleses o el Monumento de los Españoles, es una forma de marcar territorio, de decir que éste es un país que mira hacia Europa. El monumento a Colón es un monumento a la desheredad: un monumento a los hijos de una Madre Patria que hoy son negados por esa misma madre, que son tratados como extranjeros o expulsados. Retirarlo es profundizar esa herida, es un gesto más de alejamiento de Europa. A Colón no se lo involucra en el genocidio de los pueblos originarios, pero desde la llegada de Colón, la población de la isla Guanahani se redujo en un 90 por ciento”.[11]
Es la opinión de un particular, aunque esté vinculado profesionalmente con el proyecto. Él habla  dentro de un país libre y su opinión es compartida por muchos otros. La democracia afortunadamente es así. Lo que no es “particular” sino “de Estado” es la opinión de nuestra presidenta. El Estado aleja así de la Casa Rosada un capítulo de la Historia y lo sustituye por otro:
“No es una decisión caprichosa. Nosotros tratamos a todo el mundo con mucho respeto. Queremos sacar a Cristóbal Colón para instalar al lado de la Casa Rosada, representación de toda la historia de los argentinos, de toda la sangre derramada ... queremos poner a la Juana Azurduy, esa heroína de la Independencia”[12]
Es el signo de los nuevos tiempos. Queda por tanto probado que nunca fue el último viaje de Colón un debate patrimonial, por lo que quizá no debería haberse incluido en este número especial de Patrimonio un artículo como éste.



[1] Joseph Goebbels (1897-1945), canciller de la Alemania nazi y ministro del III Reich para la Ilustración Pública y Propaganda: “La propaganda debe etiquetar los acontecimientos y a las personas con frases o consignas que puedan ser aprendidas con facilidad”.
[2] Manuel Fernández Álvarez (1921-2010), considerado en vida la mayor autoridad en la Historia de la España del siglo XVI. Dedicó 50 años de su vida al estudio de Carlos V, fruto de los cuales son su obra magna “Carlos V, el césar y el hombre” y el monumental “Corpus documental de Carlos V” (Salamanca, 1973-1981).
[3] “Con inmenso gozo nos dirigimos a vosotros, hijos queridísimos de la Católica España, para expresaros nuestra paterna congratulación por el don de la paz y de la victoria, con que Dios se ha dignado coronar el heroísmo cristiano de vuestra fe y caridad, probado en tantos y tan generosos sufrimientos”, papa Pio XII, 16 de abril de 1939, a través de Radio Vaticano, solo dos semanas después de terminada la Guerra Civil Española que puso fin a la II República.
[4] Roque Moreno Fonseret, Movimientos interiores y racionamiento alimenticio en la postguerra española.
[5] Antonio Perla, De la historia al mito romántico, páginas 15 a 82 del libro “El Monasterio de Yuste” (Madrid, 2007)
[6] Antonio Perla, historiador, investigador histórico durante las obras de restauración del monasterio de Yuste, ídem. Anterior.
[7] Antonio Perla, obra citada.
[8] Convenio de colaboración entre la Fundación Caja Madrid y la Fundación Hispania Nostra para la conservación integrada del monasterio de San Jerónimo de Yuste. El proyecto de licitación y la posterior contratación de la obras fue coordinado por la Oficina Técnica de la Fundación Hispania Nostra, bajo la dirección de su vicepresidente ejecutivo, integrante a su vez de una Comisión de Control y Seguimiento compuesta también por el arquitecto jefe del Servicio del Departamento de Monumentos y Arqueología del Instituto del Patrimonio Histórico Español, el director del Programa de Conservación del Patrimonio Histórico Español de la Fundación Caja Madrid y el jefe del Servicio de Proyectos y Obras de la Junta de Extremadura. El equipo técnico estuvo formado por un total de 16 técnicos y se realizó en dos fases.
[9] Acuerdo entre el Gobierno Nacional y el Gobierno de la Ciudad de 5 de junio de 2014 para situarlo frente a Aeroparque, en el espigón de la Costanera Norte.
[10] Cesare Brandi (1906-1988), historiador y crítico de arte, ensayista y especialista en la teoría de restauración de obras de arte.
[11] El último viaje de Colón, diario “Página 12”, 14 de julio de 2013.
[12] Cristina Fernández de Kirchner, durante el discurso de inauguración de las nuevas instalaciones del Instituto Balseiro de Bariloche, 4 de julio de 2013.

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